Matamoros de la Laguna, Coahuila.
Gritos de espanto, carreras despavoridas, tropiezos y Hayes de dolor. Esto sucedió —¿o no sucedió?— en los Pinabetes cercanos a la pequeña propiedad Baracaldo, municipio de Matamoros, Coahuila. Aquí lo narro tal y como lo escuché. Verdad o mentira..... Pero por precaución, evite usted pasar por allí durante la noche. He aquí la leyenda.
Un sábado por la tarde, en el verano de 1975, varios amigos organizamos una reunión en un tranquilo paraje sobre la carretera que conduce a la pequeña propiedad Filipinas, casi frente al rancho Baracaldo, el cual está rodeado de frondosos Pinabetes. Platicamos intranscendencias, esos tópicos divertidos que hacen pasar tiempo sin sentir, y más aún si se ameniza de la Xunto con unas bebidas bien heladas.
Como a las 12 de la noche, con cierto efecto etílico en nuestros cerebros —pero no al punto de no darnos cuenta de lo que hacíamos— escuchamos un ruido muy extraño. Pusimos atención y nos pareció ser el aleteo de unas alas enormes. Todos dijimos nuestras miradas hacia donde el ruido provenía, pero la oscuridad de la noche nos impedía ver algo. Aún así sentimos el fuerte desplazamiento del aire. De pronto un horripilante graznido nos erizó la piel, y momentáneamente nos quedamos paralizados por el miedo; luego que reaccionamos, corrimos a toda velocidad hacia nuestros vehículos.
Uno de los compañeros —cuyo nombre omito para que no sea blanco de burlas de los escépticos—, tuvo el valor suficiente para investigar de qué se trataba y fue a mirar tras los Pinabetes. Poco después escuchamos gritos terribles, gritos de dolor de nuestro amigo. Nos vimos los unos a los otros y fuimos en su auxilio. Cuando llegamos al lugar lo encontramos tirado, quejándose de fuertes dolores; vimos con espanto que el brazo lo tenía seriamente lacerado, Y uno de los ojos reventado y fuera de su órbita. Con premura lo levantamos. A la velocidad que el camino permitía llegamos a Matamoros.
Durante el trayecto le preguntamos qué había sucedido, y dijo textualmente:
—¡ Vi un pájaro enorme....! ¡No sé que era, pero si era enorme! Voló hacia mí y me tomó con sus garras del brazo. Yo alcancé agarrarme con todas mis fuerzas de una rama de un Pinabete. Como no pudo llevarme de un picotazo me sacó el ojo. En Matamoros le hizo las primeras curaciones el doctor Eusebio Herradón, quien por la gravedad de las heridas dijo ser necesario llevarlo a un hospital. En colchonetas proporcionadas por vecinos caritativos acostamos al herido y lo llevamos al sanatorio español de Torreón. Ahí nos preguntaron qué había pasado. Callamos durante un momento. Nuestro aliento denunciaba la presencia del alcohol, y si contamos lo que nuestro amigo nos narro no iban a creernos, por lo que decidimos declarar que se había herido con un implemento agrícola.
Al día siguiente volvimos a reunirnos los camaradas de la noche anterior. No podíamos quedarnos con los brazos cruzados, decidiendo ir esa misma noche a casar al monstruo alado. Tampoco lo comentamos con nadie más, pues lo insólito siempre despierta en la burla de quien lo escucha. Al caer la noche fuimos a los Pinabetes, al mismo sitio donde antes encontramos a nuestro amigo querido; pacientemente esperamos, armados con rifles de alto poder. Cerca de la medianoche comenzamos a oír, a lo lejos, una mezcla de quejidos y mugidos, así como el tenebroso aleteo de aquella ave infernal. Guardamos absoluto silencio; no niego que temblamos de puro miedo.
En el horizonte se levantaba la luna, dejándonos observar cómo se acercaba el monstruo cargando en sus garras un becerro de fácilmente 100 kilos. Antes de posarse en el suelo lo dejo caer y luego comenzó a devorarlo. Concentrado en arrancar grandes pedazos de carne y vísceras a su presa, el infernal pájaro no advirtió nuestra presencia. Nos pusimos de acuerdo con las miradas, y a una señal disparamos todos al mismo tiempo. Aquello fue un pandemónium de disparos. No era mucha la distancia ni tampoco la primera vez que usábamos un rifle, por lo cual nuestras balas estaban dando en el blanco; pero ante nuestro asombro, nos dimos cuenta que los proyectiles no traspasaban su coraza de plumas.
Al fragor de los balazos, el pajarraco tomó en sus garras los restos del becerro y alzó el vuelo rumbo al poblado Emiliano Zapata, dejándonos atónitos ante semejante resistencia. Regresamos a Matamoros, no comentamos nada y en silencio entramos a una cantina para emborracharnos.
Por una u otra fuente, todo el acontecimiento empezó hacer conocido y en poco tiempo la Región Lagunera entera lo comentaba. Muchos han ido a los Pinabetes de Baracaldo con la esperanza de ver al monstro alado, pero no ha vuelto a hacerse visible. Una semana después de que atacamos al ave, varios Chiveros encontraron en la cueva del tabaco gran cantidad de huesos de vacas, chivas y —según dijeron— hasta de humanos. En estos días hay gente vecina de Baracaldo que jura haber escuchado el aleteo de una vez gigantesca. Increíble, ¿verdad? pero anda por ahí un manco y tuerto que se lo puede confirmar.
Recopilador: Eduardo José Rivas Echeverría

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